Voces de la formación

Hugo César Moreno

“Donde debía haber la falta, la ausencia, el frio y el pesar, momento de exorcismo. Las brujas y los demonios, los fantasmas y los conjuros se habían cansado. Fustigaban, pero ya sin enjundia dolorosa. Lo hacían con flojera, con la pereza presta en los brazos o en la inexistencia de brazos o en las extremidades tentaculares. Monstruos y demonios, diablillos, brujas y brujitas y brujotas, sobre escobas o en bolas de fuego. Ejércitos de infamias. Ejércitos infamantes”.

Así inicia la obra de Hugo César Moreno quien de una forma poética amasa los sentimientos que emergen en el amor, así, desde lo trágico impulsa saborear la ruptura del amor, de su ocaso y de su alba, apareciendo en el sabor del alma el recuerdo sublime de las experiencias que solo se tejen entre dos amantes, escondidos por la intimidad de lo público, pero también encerrados en la emergencia de un tiempo infinito que se vive y disfruta, y que pasando por reflexiones te atrapa en la embestida de las más inquietantes texturas de la vida.

Este cumulo de colores, aparen atesorados en una obra por si misma mística, pues el autor nos acompaña en los exorcismos de la memoria y de la sutura de las profundas vetas que deja el amor, tanto cuando lo gozamos, como cuando lo dejamos o nos deja. Su detalle nos eleva a los estratos del recuerdo y sus ilustraciones nos muestran la sencillez, pero complejidad de los deseos y la vida. Su lectura será un encuentro con nosotros y aquellos que nos acompañaron y se fueron del plano terrenal cotidiano, pero que existen detrás de una cicatriz matizada por la edad, pero al cabo cicatriz.

Su inicio te acompaña por solo un pequeño e ínfimo momento de nuestra existencia, pero tan hondo que el abismo parece abrazarnos. El desarrollo de la obra nos encaja las sensaciones del cansancio, pero también del desplome de las advertencias consumadas, de la anestesia alarmante de que aparece después de los derrumbes interiores de un deseo profano y al mismo tiempo sacro, nos muestra en su clímax, las estampidas del dolor, de la inquietud y la intranquilidad para llevarnos a la molestia de la irreverencia, expresados en radiaciones de libertad de terrenalidad, que te llevan a compartir con el autor el fraude de nuestras experiencias por el desgaste de las repeticiones lúgubres de un ambiente sexual dentro de los universos que nos encierran las experiencias prohibidas de la moral gastada de nuestras sociedades.  De pronto nos atrapa el tiempo, nos damos cuenta de que así como el ocaso del amor llega en la obra, así también el tiempo de nuestra lectura se agota, el mundo real nos exige devolvernos a las labores de nuestras necesidades, por lo que avanzas con ansias hacia el siguiente punto, esperas encontrar tu historia, mirarla como propia, al leerlo, no pude evitar mirar mi celular, y el pensamiento de atrapa en preguntar, si podría pasar algo así de nuevo en tu vida, para cuando regresas la mirada en esa milésima de tiempo, te das cuenta que estas terminando la obra, que el fin se aproxima y que la angustia de un escape anunciado nos sonríe, entonces, recuerdas, aquella descripción del 29 de agosto, pues puedes sentir esa sonrisa y ese acurruco en el pecho. Así el color se desvanece como un liquido espeso y cae en tu interior, para aceptar una realidad de una historia real, sin pesares, pero si con una historia, real.